La iluminación es uno de los elementos más determinantes en la arquitectura, ya que no solo permite ver los espacios, sino que define su carácter, atmósfera y funcionalidad. La luz —natural o artificial— transforma la percepción del entorno, resalta materiales, volúmenes y texturas, y tiene un impacto directo en el bienestar físico y emocional de las personas que lo habitan.
En primer lugar, la luz natural es un recurso esencial en el diseño arquitectónico. Su orientación, intensidad y color varían a lo largo del día y del año, aportando dinamismo a los espacios. Un buen aprovechamiento de la luz natural reduce el consumo energético y mejora la salud y el estado de ánimo, ya que favorece la regulación del ritmo circadiano.
Por otro lado, la iluminación artificial permite extender el uso de los espacios, reforzar su identidad y generar diferentes ambientes según la actividad o la hora. No se trata solo de cantidad de luz, sino de calidad, temperatura de color y dirección, factores que influyen en cómo percibimos la escala, la profundidad o incluso la temperatura de un lugar.
En la arquitectura contemporánea, la luz se considera un material constructivo más: moldea la experiencia del usuario, guía los recorridos y pone en valor la intención del diseño. Una iluminación bien pensada no solo mejora la eficiencia y el confort visual, sino que convierte la arquitectura en una experiencia sensorial completa, donde la estética, la emoción y la funcionalidad se integran en equilibrio.